Nací en 1970, durante el tardofranquismo, en un pueblo de la campiña cordobesa y, fui resultado de la generación egebera, en un colegio de curas. Recuerdo una infancia feliz, aunque sin muchos dispendios, marcada por los acontecimientos religiosos y sociales del pueblo. Mis padres, a los que debo quién soy, generosos y, desprendidos, me dieron una buena educación y, como muchos convecinos, siempre fueron creyentes, en una sociedad, que contradictoriamente, votó, muchos años a la izquierda. Tuve tres hermanos más, dos hombres y, una mujer. A los catorce años y, adoctrinado por los curas, creí vislumbrar que mi vocación, era la de repartir hostias, en el buen sentido de la palabra. Después de dos sacrificados años en el Seminario, me di cuenta, de que aquel iluminado camino, no era el mío. Como experiencia vital, aprendí a ser disciplinado, organizado, a convivir en comunidad (solo de hombres, eso sí) y, asimilar variadas técnicas de supervivencia. Durante esta época, viví en la capital cordobesa, de la que se me quedó impregnado, el olor a azahar e incienso, para volver a terminar el bachillerato y el COU, de nuevo, en mi pueblo, Montilla. Recuerdo esos dos años con nostalgia seductora: la pandilla y el sentido de la amistad, los primeros amores… recuperar la libertad, en definitiva. Tras la selectividad y, condicionado por la nota de corte, me vine a estudiar a Madrid, al barrio de Moratalaz, contando con la inestimable ayuda de la familia materna, en particular, mis abuelos. Jamás tuve preferencia por la Podología, profesión que ahora ejerzo; es más, ni se me había pasado por la cabeza. Pensaba en estudiar algo relacionado con la salud, acorde a mi vocación de servicio, pero no, dedicarme a tratar los pies. En muchas ocasiones, la vocación se hace a sí misma. Más tarde me he dado cuenta, de que cabeza cuerda en pies sanos, constituye una asociación fructífera y, necesaria. Después de concluir los estudios universitarios, me ofrecieron la oportunidad de dedicarme a la Docencia y, saqué una plaza en la Universidad. Tampoco nunca me había planteado tal posibilidad, principalmente por creída, escasa capacidad de comunicación. Después de treinta años dedicado a la enseñanza universitaria, ahora sé, que aprecio mi profesión de Podólogo y, Docente. La Universidad me inculcó el espíritu tunante y, desarrolló mi afición por la música y, la guitarra en particular, aunque la semilla estaba depositada desde los tiempos de la rondalla, en el colegio. En la Universidad, conocí a la que ha sido la madre de mis hijos, tal y como aventuré en su último día de clase. La familia es lo más importante que me ha ocurrido en la vida. Ahora, en la madurez de la cincuentena, condicionado, pero también motivado, por la inédita y, terrible pandemia que vivimos, que ya parece lejana, surgió la necesidad de compartir todo ese carrusel de sentimientos y, experiencias vitales, decidiéndome a componer mi propia página web. No soy escritor, ni poeta, ni cantante, ni músico, ni fotógrafo… solo soy un apasionado de la vida, en un mundo, necesitado más que nunca de besos y, abrazos.