Niña, me tienes en ascuas con tu mirada flamígera,
ardo en deseo de compartir ese incendio,
el que tu cuerpo prende tras combustión espontánea.
Sé que, si sigo así, acabaré en la pira del sacrificio,
chamuscado por tus llamas incandescentes,
muriendo extasiado, ahíto de calor y fuego,
de la extrema temperatura que torna la piel, calcinada.
Ese fervor que abrasa y arrasa con todo,
con sus violentos fogonazos inflamados de pasión,
que remata en llagas y quemaduras perpetuas,
estigmas grabados con hierro líquido, cicatrices abiertas,
por donde se derraman candentes, torrentes de lava,
desembocando en el mar oscuro de tu ardor.
Me tienes en ascuas, niña, con tu mirada flamígera.