03/11/2016

Pequeño, eres menudo,
tierno y risueño,
la alegría reinante,
plenitud fascinante,
que has colmado abundante,
nuestros deseos y anhelos
y, has venido a anunciarte;
pequeño… nuestro pequeño.

(Dedicada a Álvaro, nuestro primer hijo, el cual nos colmó de felicidad cuando vino al mundo).

Prólogo y Epitafio

Y, llegó el momento, en el que, transcurridos más de veinte años, sentí de nuevo la necesidad de volver a escribir. Años que pasaron raudos a la par que felices, a pesar de los sinsabores que nos dejaron, los que se fueron.

A finales de 1999, mi pareja y yo, nos hipotecamos con muchos temores, y nos compramos un piso en la zona sur de Madrid. Ella se marchó de casa, sin la bendición de sus padres y, nos fuimos a vivir juntos. En verano del año 2000, nos casamos en una calurosa noche de julio, en las Bodegas más vetustas de Andalucía, en el pueblo donde nací. Después llegarían nuestros queridos hijos en 2005, 2009 y, 2013. Entre medias (2009-2010), decidimos montar un negocio, lo cual no fue tarea fácil, en inversión de tiempo y, dinero. Terminamos mudándonos por cuestiones logísticas y, prácticas al próspero barrio de los Metales, en el distrito de Arganzuela. Fueron años duros de sacrificio y, esfuerzo, por la conciliación familiar y, la muerte por enfermedad de varios seres queridos.

Volver a escribir, lo hice, al sentir la invocación que se producía desde el fondo de mi ser… Algo me animaba a intentar poner por escrito lo que tenía en mi cabeza y, se cobijaba en mi interior. Sé que es una auténtica cursilada, pero es la realidad, que surge de la necesidad.

Es muy cierto que no soy poeta, ni lo festejo, aunque consta que lo he intentado. Me inscribí a un curso online de poesía y, cuando comencé con los ejercicios, me dio tanto vértigo y, sentí tanta vergüenza por la nimia calidad de lo que podría escribir, que me di de baja, nada más iniciarlo. Confieso que tengo una espina clavada… La verdad es que soy un juntapalabras, sin más.

Escribo lo que siento, lo que fluye en un instante concreto; lo hago con lápiz, en cuadernos e, intento no emborronar mucho. Me sensibilizan muchas cosas; principalmente el paso del tiempo, la búsqueda de la felicidad, las cuestiones sociales; aunque particularmente me inspira el amor y, me da vértigo el desamor. Soy consciente de que me repito bastante cuando escribo; igual de pequeño me hacían copiar en la pizarra muchas veces las mismas frases y, sentencias, quedándose impregnadas como jaculatorias.

Lo que trazo, tiene que ver conmigo, con mi estado de ánimo en el momento en cuestión. La vida es bella y, hay que vivirla intensamente, máxime, cuando tienes la suerte de compartirla con las personas que más quieres; tu mujer, tus hijos, tu familia, tus amigos …

Después del tiempo acaecido y, la propia experiencia, sé que, en la vida, el trabajo es un mero instrumento, que afortunadamente te da de comer, te ayuda a pagar las letras y, recibos, a vivir con decencia, pero nada más; no conviene malgastar tu intención y, tu esfuerzo en ello; creo que no merece la pena. Conseguirías hipotecar tu felicidad.

A estas alturas, aunque parezca una locura, sé que podría dejar este mundo y, estar satisfecho, orgulloso de lo realizado y, vivido; contento y, feliz por estar acompañado y, ser muy querido. A pesar de mis muchos defectos y, fallas, pienso que ha valido la pena; recoger la cosecha de lo que pude haber sembrado en su momento. Por eso os diré, que el día que me marche (todavía queda, espero), no lloréis por mi, en todo caso, celebradlo. Haced sonad un rock and roll y, pensad que os quise mucho y, que cuidaré de vosotros allí donde quiera que esté. Vivid la vida e, intentad con todas vuestras fuerzas, ser felices, como yo he creído serlo… y todo, gracias a vosotros.

Alea iacta est (La vida es para quien la vive).